Basura

Tengo una basura en el ojo
que no puedo sacarme
y que me hace llorar

Tengo una esperanza perdida
ya será en otra vida
que la vuelva encontrar

Eres una luz que se apaga
una historia que empieza
y que le urge acabar

Era un corazón imposible
que al hacerlo posible
tuvo que terminar

Hoy eres una nostalgia
el recuerdo de un día
que no debió de pasar

Hoy eres un dolorcito
que se clava en mis pechos
sin dejarme olvidar

Eres la basura en los ojos
que me vuelve grotesca
al no parar de llorar

Escrito la noche de un 2 de julio (de un 2006),

En la torre

A mitad de la ciudad, en el rincón más alto de uno de tantos edificios sin nombre que el tiempo ha transformado en pilastra de losas quebradizas, vivía una madre con sus hijos, Antares y Talía, dos bellísimos hermanos de trece y doce años, rubios y bulliciosos, que pasaban el tiempo jugando a que vivían atrapados en la torre de un castillo. Corrían por los pasillos de otros cuartos miserables, entre tendederos, jaulas y tuberías con los que fabricaban los obstáculos y metas de sus juegos.

Ella era una princesa, atrapada en esa torre por un hada corrupta, él jugaba a ser una estrella que el cielo había prestado a la infanta para hacerle compañía. Imaginaban que arañas y cucarachas eran emisarios de su carcelera y presurosos las aniquilaban. Las hormigas, en cambio, siempre fueron sus aliadas. El único lugar en que se sentían completamente a salvo, donde lo planeaban todo e inventaban sus historias, era un sillón verde que un mago había puesto junto a una pared tornasolada. Para ellos todo en la vida era juego.

Esa tarde el sol quemaba. El muchacho se quitó su única camisa, un viejo pedazo de tela que, por su tamaño, le venía como túnica. En ese momento sopló una inesperada ráfaga de viento que hizo volar el trapo sucio. Al intentar la princesa atraparlo, en el quicio de la azotea, resbaló. El corazón de Antares se apagó antes de que el cuerpo de la princesa tocara el piso. Al fin estaban libres.

La vida en una caja de zapatos

-En una caja de zapatos no cabe una vida- concluyó ella cuando pensaba en la tarea que su profesora le había encomendado.

Era su última oportunidad para acreditar, de panzazo, el taller de redacción que le faltaba para salir de la prepa. -Haz un ensayo de más de mil caracteres- le dijo –en el que describas como es la vida en una caja de zapatos.

Si no acredita esa última maldita materia, seguramente no podrá ir a McAllen con Aurora y a Lorena para las vacaciones. Sería una tragedia suspender ese shopping para el que se había preparado por tanto tiempo. Era su regalo por haber terminado la prepa, no le parecía justo perder algo ganado en tres años de aburrimiento, nomás porque no supo escribir "cómo es la vida en una puta caja de zapatos".

-¡Carajo!- pensó -Y tenían que ser zapatos- Esa maestra realmente conocía su punto débil. Llegó a su habitación, abrió el clóset y sacó de una torre que la enorgullecía, la caja de sus zapatos favoritos, sus Dolce&Gabbana azules que le encanta usar con minifalda. Sonrió.-En una caja de zapatos sólo caben zapatos- dijo para sí y acarició el terciopelo de sus tacones preferidos.

Como si fuera una película, la cámara se aleja. En principio, es una toma fija de su cuarto filmada desde arriba, luego, la cámara se abre en zoom out para dejar ver el techo de la casa, su barrio, la ciudad, el planeta, el universo entero. De pronto, más allá de las galaxias se dibuja el contorno una caja de zapatos y, conforme la toma sigue alejándose, se ve a una joven en cuclillas, entre preocupada y divertida observando el interior de una caja de cartón y pensando que la vida es demasiado grande.

Los durmientes

Lo que más raro me pareció cuando llegué, fue que ningún perro me recibiera. La niebla estaba tan cerrada que esperaba oír ladridos como señal de bienvenida. Para no perderme caminando a través de la pesada blancura, decidí seguir la vía del ferrocarril, dejando mis pasos sobre los durmientes. Caminé mucho sin sentir que realmente avanzara por esa nube infinita. Estaba exhausta cuando vi, entre las primeras casas quietas y frías, a unos cuantos perros famélicos, dormitando indiferentes a mis pasos.

Todo en el pueblo parecía sumido en un sopor turbio. No había un alma en las calles ni más ruidos que los de mis pensamientos. Caminé por el caserío desierto hasta que decidí llamar a una de las casas, cuya puerta se abrió en cuanto golpeé el puño contra ella. Dentro, una anciana completamente desnuda dormía a pierna suelta. A pesar de mis palabras, que pronto convertí en gritos, no conseguí despertarla.

Desesperada, corrí de casa en casa encontrándome con escenas parecidas. Todos vivían un sueño profundo del que era imposible arrancarlos. De pronto vi, al fondo de la calle una casa pintada de rojo que, sin saber porqué, me parecía conocida. En la ventana titilaba la tímida luz de una vela. Corrí hasta allá pensando que me estaría esperando Segismundo con sus brazos abiertos, sus sábanas tibias, sus frases sabias y su frenesí. Entré a un cuarto en el que una mujer dormía con las manos empalmadas bajo sus mejillas. Era yo.

Sonreí mientras sentía que me iba desmoronando como si estuviera hecha de azúcar.

Mi mamá me regaló un marmurito

Mi mamá me regaló un marumito. Es peludito como el de ella y me da muchas satisfacciones. Todos los días lo lavo muy bien. Me gusta perfumarlo y acariciarlo. Mi marumito es la delicia de mis clientes, que se emocionan cuando les digo que mi mamá y mi hermana tienen uno igual. Es algo que nos distingue a las mujeres de la familia.

Todas, desde mi tatarabuela, hemos sabido darle muy buen uso a nuestros marumitos que, aunque lo heredamos de generación en generación, cada una tiene el suyo y es enterrado con él. El mío mide ocho centímetros. Es rosa, con centros colorados y una aureola tornasolada en la que cabe la vastedad del universo. Cuando está contento sonríe, hace guiños y, a veces, cuando suda, brinca por encima de mi cuerpo. Cuando está enojado, sencillamente no recibe visitas. Por lo regular, es arisco, pero si lo sabes tratar y encuentras el modo justo para provocarlo, puedes verlo todo allí, el alba, la tarde, la negra pirámide y la telaraña plateada. Entonces mi marumito es el Aleph.