Los durmientes

Lo que más raro me pareció cuando llegué, fue que ningún perro me recibiera. La niebla estaba tan cerrada que esperaba oír ladridos como señal de bienvenida. Para no perderme caminando a través de la pesada blancura, decidí seguir la vía del ferrocarril, dejando mis pasos sobre los durmientes. Caminé mucho sin sentir que realmente avanzara por esa nube infinita. Estaba exhausta cuando vi, entre las primeras casas quietas y frías, a unos cuantos perros famélicos, dormitando indiferentes a mis pasos.

Todo en el pueblo parecía sumido en un sopor turbio. No había un alma en las calles ni más ruidos que los de mis pensamientos. Caminé por el caserío desierto hasta que decidí llamar a una de las casas, cuya puerta se abrió en cuanto golpeé el puño contra ella. Dentro, una anciana completamente desnuda dormía a pierna suelta. A pesar de mis palabras, que pronto convertí en gritos, no conseguí despertarla.

Desesperada, corrí de casa en casa encontrándome con escenas parecidas. Todos vivían un sueño profundo del que era imposible arrancarlos. De pronto vi, al fondo de la calle una casa pintada de rojo que, sin saber porqué, me parecía conocida. En la ventana titilaba la tímida luz de una vela. Corrí hasta allá pensando que me estaría esperando Segismundo con sus brazos abiertos, sus sábanas tibias, sus frases sabias y su frenesí. Entré a un cuarto en el que una mujer dormía con las manos empalmadas bajo sus mejillas. Era yo.

Sonreí mientras sentía que me iba desmoronando como si estuviera hecha de azúcar.

Mi mamá me regaló un marmurito

Mi mamá me regaló un marumito. Es peludito como el de ella y me da muchas satisfacciones. Todos los días lo lavo muy bien. Me gusta perfumarlo y acariciarlo. Mi marumito es la delicia de mis clientes, que se emocionan cuando les digo que mi mamá y mi hermana tienen uno igual. Es algo que nos distingue a las mujeres de la familia.

Todas, desde mi tatarabuela, hemos sabido darle muy buen uso a nuestros marumitos que, aunque lo heredamos de generación en generación, cada una tiene el suyo y es enterrado con él. El mío mide ocho centímetros. Es rosa, con centros colorados y una aureola tornasolada en la que cabe la vastedad del universo. Cuando está contento sonríe, hace guiños y, a veces, cuando suda, brinca por encima de mi cuerpo. Cuando está enojado, sencillamente no recibe visitas. Por lo regular, es arisco, pero si lo sabes tratar y encuentras el modo justo para provocarlo, puedes verlo todo allí, el alba, la tarde, la negra pirámide y la telaraña plateada. Entonces mi marumito es el Aleph.

Abuso

Abuso de tu espacio,
este que me ha sido otorgado
sin medida ni censura.

Simplemente para saber
de una vez por todas
si me has arrancado el corazón,
de un sólo tajo
y sin contemplaciones.

Mientras mi calcarea estructura,
quisiera enredarse en tu cintura,
hasta recobrar el calor perdido.

Estás en algún lado
sobre el horizonte lejano,
sin saber que entre estas arenas,
aún me deleita el sabor de tu piel,
y el sonido melodioso de tus gemidos.

Aún contra todos los designios,
el volcán que encendiste
sigue lanzando fumarolas.

Ahora necesito que vuelvas,
de una vez por todas, sin mesura,
a calentar no sólo mi cama,
ni mi vientre, ni mi vida,
sino todo lo que habita en mi.

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Querida Fers:
Te dejo este texto, como regalillo de navidad...grax por darme un pedacito en tu bloguishe.
Que sigas disfrutando ampliamente del sol, el mar y la arena.
Saludines desérticos

Palomilla Apocatastásica

Estrategia

No diré que te amo
Si lo sabes creerás que es cierto
Mejor diré que todo es un sueño.

No diré que soy tuya,
Si lo sabes tendrás la seguridad que da la posesión
Mejor piensa que un día mi alma te tocara
Seré tuya en sueños.

No diré que mi vida se ilumina con la tuya,
Creerás que no hace falta luz entre los dos
Sólo que un farol para encender cada noche
Necesita nuestros besos.

No voy a decir palabra

No voy a contar sentimientos

Ni llenare mares con lágrimas

Por que eso ya esta hecho,

Sólo que no lo sabes

Ni deberás saberlo.
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¿No hay peor?

Vivo de un silencio mudo
cuajado de saliva incierta y sordomuda.

Nadie partirá cuando mi ausencia
(célebre trovadora de mis huidas)
proclame un leve triunfo de pestañas.

Vivo en silencio y grito cuando callo
porque nadie de mi te alejará
¿tienes idea de cuánto he lamentado
no saber si sos vos quien me persigue,
deseando nunca más ser alcanzado?

Nada peor encuentras hoy
¿por qué no buscas?
Siempre el silencio trae entre sus fauces
miras de un bocadillo lento y suculento,
miras de un mordida lenta a quemarropa.

No hay

No hay peor verdad que tu mentira
No hay peor jamás que tu tal vez
No hay peor perdón que el que no olvida
No hay peor rencor que el de tu piel

Que ya te vas, que no te has ido
Que no he entendido tu verdad
Que no hay lugar para el olvido
Que no hay espacio en tu ciudad

No hay peor usura que tu cuerpo
No hay peor azúcar que tu sal
No hay peor orgasmo que el fallido
No hay peor principio que el final

Que ya te vas, que no te has ido
Que no he entendido tu verdad
Que no hay lugar para el olvido
Que no hay espacio en tu ciudad

No hay peor recuerdo que olvidarte
No hay peor mentira que un quizás
No hay peor ausencia que añorarte
No hay peor promesa que un jamás

Que ya te vas, que ya te fuiste
Que has entendido mi verdad
Que no hay lugar para tu olvido
Que no hay regreso en mi ciudad

No hay peor ayer que el de mañana
No hay peor herida que tu voz
No hay peor endoso que tu cama
No hay peor destierro que tu adiós

El pan

-Yo miró la noche, -señalo Andrew en medio de una luz discreta al beber café. Su aire de chico malo hacía evidente ser más instantáneo que el Nescafé-.
A mí me gusta jugar: salir y mirar, perderme entre las mascaras que hacen vernos iguales a los demás. Confieso que se dejar con ganas, se ponerme peligrosa con una escuálida charla. Es sencillo: no espero promesas ni necesita creerme, solo busco… quizás ser una sombra anónima, tener la misma mascara, soportar la soledad…
- ¿Estas cansado?, -le pregunté con fingido interés al sentarme a su lado.
- ¿Te lo parece? -Mascullo con cierto coqueteo mientras deslizaba su dedo por mi entrecejo para después dar un trago brusco y abundante a su café.
Con malicia y mirándolo a los ojos, conteste riendo: -¿La euforia es comestible?
Él, tomándolo como un reto, se acerco para preguntarme al oído: -¿Quieres saber?
Pero anticipándome a la temperatura. Me le aleje para entristecerme por Toshio, quién supuse: Estaba muerto. Andrew decepcionado se puso de pie con torpeza para regresar a su tarea de hacer pan; cuando cruzaba el quicio de la puerta, le ordene.
-Apaga la luz
Y él, me tomo de la mano para mostrarme cual generoso podía ser en su cocina. Me jaló hacia él para recargar mi espalda sobre su pecho y balbuceó: -¿Quieres sentir la habilidad de mis dedos… al moldear el pan?
El roce inesperado de su chaqueta y la arrogancia de su voz áspera, hicieron que mi boca seca deseara humedecerse en sus labios tiernos. Él jugueteó con mis botones para sugerir que todo era cosa de ser firme, de saber resbalar.
–Debes estrujar la masa.
Lo miré tan de cerca y la comisura de mis labios se ahogo en su veneno, en la tibieza de un beso que sin invadir por completo era el señuelo embriagador de su olor, de su cuerpo. Sentí su aliento resoplar en la parte más débil: yo. Sus manos posadas sobre mi abdomen delataron la ansiedad al ir subiendo. Titubee en un terreno que no me era ajeno pero lo deje continuar. Sus manos se mostraron afanosas, al igual que sus dedos, uno a uno caminó sobre mi cuerpo y al llegar el punto de mí hervir rabioso, con avaricia colocó mi mano sobre su orgullo, cuyo volumen evidenció el entusiasmo por el declive de su lengua en mis senos. Enhiesto deseó mostrarme toda la fuerza que tenía dentro. Pero acorralada contra él, escuchamos ruidos no lejos. Él sin prisa pero con cierta voracidad me apretó para tratar de tumbar el ardor dentro. Con el cabello desaliñado, escuchamos voces de nuevo.
Nos alejamos.
Celia y Berta nos hacían compañía.